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El escalofriante proceso chino de los pies de loto para encontrar pareja

Quienes han llevado un calzado muy ajustado durante horas, saben que la sensación cuando llegas a casa y te deshaces de él es indescriptible. El dolor y las heridas que puede producir un zapato son terribles.

Sin embargo, nada se puede acercar a una práctica china que duró hasta hace relativamente poco tiempo.

Las modas y los estereotipos de belleza de una cultura influyeron de forma terrible en varias generaciones de mujeres.

Igualmente, lo ocurrido desde que esta invención se pusiera en práctica, cuentan los historiadores que en la dinastía Tang, son un fiel reflejo de la importancia que ha tenido para muchas sociedades lo que comúnmente llamamos “tradición” y “cultura”.

Un ejemplo: un día cualquiera de 1937, una niña cualquiera nacida en una familia cualquiera acomodada en China podría haber sido apartada en algún momento de sus primeros años para comenzar ese proceso doloroso y obligatorio de esculpir sus pies en otros más pequeños y puntiagudos de “loto”.

Dicha modificación, casi “momificación” como veremos a continuación, tenía la intención de atraer a los pretendientes y hacer ostentación de su estatus social.

¿Por qué? Porque la cultura en general consideraba que estos pies remodelados eran hermosos, y la delicada marcha que resultaba de esas extremidades radicalmente distintos era atractiva, incluso o aunque en el proceso de producir estos “pies de loto” el resultado físico fuera espeluznante, problemático y llevara a problemas podológicos de por vida.

Pies de loto

Como decíamos, los primeros escritos sobre la práctica se remontan a la dinastía Tang. Se dice que posiblemente surgió entre los bailarines de la corte de la clase alta, y que de ahí pasó al resto de élites de la sociedad. Algunos historiadores creen que la tradición surgió cuando las mujeres comenzaron a imitar a la concubina imperial, que era conocida por sus diminutos pies envueltos.

Independientemente de sus orígenes, estos pies “rediseñados” se pusieron de moda entre las familias chinas de clase alta hace alrededor de mil años hasta hace poco tiempo. Eso significa generaciones de prueba y error que llevaron a los practicantes de esta fijación del pie a dominar el oficio de retorcer y remodelar la planta de una niña.

La fijación del pie (o vendado) se solía realizar en los meses de invierno para que el frío se pudiera utilizar para ayudar a adormecer las lesiones y prevenir la infección.

En algún momento después de que una hija cumpliera 2 años, y generalmente antes de que cumplieran los 6, la pequeña y su esqueleto maleable eran apartados por un anciano miembro de la familia o un profesional de la técnica para iniciar la alteración.

¿Cómo? Para comenzar el proceso, se remojaba suavemente los pies de la pequeña en una solución de sangre animal y hierbas. Luego le cortaban y arreglaban las uñas de los pies y los masajeaban durante un buen rato. A su vez, unas vendas de algodón de 3 metros de largo y 5 centímetros de ancho eran preparadas hundiéndolas en la misma mezcla. Una vez que la piel se ablandaba y los músculos se relajaban, se flexionaba los dedos del pie de la niña hacia la planta del pie tanto como lo permitían los huesos.

Así se juntaban los dedos, rompiendo las falanges y formando una especie de puño cerrado. Para ello no se empleaba ningún tipo de alivio del dolor durante el proceso, por lo que se requería que quién llevara a cabo el mismo, debía desatender cualquier grito agonizante de la joven.

El pie de la niña, ahora un saco de huesos adecuadamente esculpido, quedaba envuelto en los largos vendajes que habían sido empapados previamente.

Con cada capa, se tiraba de las ataduras lo más apretadamente posible, acercando cada vez más la “bola” y el talón del pie y reduciendo la punta del mismo hacia un punto. Las envolturas se cosían a fondo y se dejaban de apretar mientras se secaban. Luego, el otro pie.

Posteriormente, los pies de la niña se desenvolvían periódicamente para limpiar las grietas, recortar las uñas (extrañamente oblicuas) y eliminar cualquier piel muerta. El encargado de ello podía optar por eliminar las uñas del pie por completo si se convertían en zonas de infección.

Este proceso era tan escalofriante, que en ocasiones uno o dos dedos se podían caer durante el proceso, dejando aún más espacio para la “remodelación”.

Luego, los pies de la cría se volvían a envolver, aún más apretados que antes, haciendo que su huella se encogiera un poco más cuando los huesos se fusionaban lentamente en su nueva configuración. Si te lo estás preguntando, sí, los pies de las niñas se pudrían en ocasiones, y el envenenamiento de la sangre por la gangrena podía ser motivo de preocupación, pero se estima que el 85% sobrevivió al proceso.

Una vez que los pies alcanzaban las medidas deseadas, las antiestéticas fijaciones se adornaban con zapatillas de seda bordadas. De esta forma, cuando una joven con una flor de loto se insertaba en la sociedad, se convertía en una pareja muy buscada. Sus pies reconfigurados se hacían obvios por su manera tan distinta de caminar: un movimiento oscilante que se conoció como el paso de loto.

Este tipo de pies se consideraban atractivos sexualmente para los hombres, y las mujeres que los tenían eran mucho más propensas a tener un matrimonio “de prestigio”.

De hecho, existen manuales de sexo que describen numerosos actos eróticos que las parejas casadas podían realizar con pies de loto, aunque se advertía a los hombres que nunca mirasen los pies sin sus zapatos y ataduras (para que la estética no se destruyera para siempre).

Además, se decía que los pies de loto sin envolver tenían un cierto olor desagradable y poderoso debido a la acumulación de bacterias entre los pliegues antinaturales de los pies deformados. Digamos que una cosa delicada podía ser elegante, pero algo necrótico no puede ser erótico.

En algún punto de la historia, la tradición pasó a las familias de menor prestigio, una tradición que no cesó hasta el siglo XX, cuando la sociedad dio un vuelco y comenzó a mirar con horror los estereotipos del pasado. Entonces sí, se comenzó a educar con la conciencia de que los “pies de loto” eran una barbaridad de otro tiempo.

No se sabe, o nunca se ha querido decir, el número exacto de mujeres que sufrieron esta tradición. Se calcula que en su apogeo fueron el 50% de las familias chinas de clase media y casi el 100% de las familias acomodadas. ¿Una cifra? Asusta tanto que posiblemente es mejor tratar de olvidar este oscuro relato del pasado, igual que hicieron los propios chinos.

Vía Gizmodo